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La Normandina supo combinar a la elite marplatense con la decadencia y el abandono durante décadas. Hoy, restaurada como un centro gastronómico y cultural, recuperó el esplendor que la vio nacer.

Mar del Plata cuenta con una geografía peculiar, donde la piedra se encuentra con el mar. Playa Grande surgió en los años ’20, como lo hicieron varias de las playas de la ciudad: con casillas de baño, balnearios particulares y públicos de madera. Pero fue hacia 1938, cuando aún existía la vieja Rambla Bristol, que fue inaugurado el restaurante Normandie, con el Café París como anexo. Situado al nivel de la playa, a la altura de la calle Roca y la costa, con el glamour como característica, la elite marplatense encontró un espacio de lujo. Se convirtió así, en el lugar en boga de la alta sociedad de la época. Las abundantes cenas eran seguidas de suntuosos bailes, con la presencia de orquestas en vivo, en los que predominaba el tango y el fox trot. Años después, el complejo trocó su destino. Hasta 1994, y durante casi cuatro décadas, el edificio fue sede del Instituto Nacional de Desarrollo Pesquero y albergó al Instituto Oceanográfico. Ante el deterioro de la edificación, fue perdiendo su original esplendor. Con una estructura carcomida por el agua y las sales marinas, se convirtió en un sitio temible por su fragilidad. Finalmente, el INIDEP se mudó a la escollera Norte y el Normandie quedó abandonado. El Normandie fue construido como una de las puntas urbanizadas de Playa Grande, además del Yacht Club. Con un estilo arquitectónico moderno, presenta líneas limpias que sugieren la forma de un buque, con sus barandas y sus líneas de proa y popa. En su origen, se presentaba como un imponente edificio blanco. Una notable iluminación lo destacaba recortado en el mar. Un barco francés llamado Le Normandie, el más grande del mundo en los años ’30, con una longitud superior a los 300 metros, era conocido como el barco de las luces. Su trayecto era Le Havre – New York. Se trataba de un trasatlántico majestuoso, con una impronta de arte y luz, estilo decó. Se estipula que quienes proyectaron el Normandie conocieron Le Normandie, y teniendo en cuenta la ubicación y las tendencias en la arquitectura de principio del siglo pasado, habrían realizado la obra inspirados en la lujosa nave que cruzaba el Océano Atlántico en poco más de tres días.


A fines de los ’90 se le otorgó la distinción de patrimonio histórico, aunque en ruinas y con riesgo de derrumbe, durante años se transformó en el emblema de la decadencia y el deterioro. Un monumento al abandono. Con una inversión millonaria y un trabajo calificado como titánico, experimentó un proceso de recuperación integral y puesta en valor, con un proyecto y dirección de obra del estudio Mariani–Pérez Maraviglia, y construido por la empresa Coarco S.A. La nueva concesionario lo rebautizó La Normandina, convirtiéndose en un moderno y vistoso complejo que incluye restaurantes con inigualable vista al mar, un amplio salón para congresos y una gran galería de arte. La restauración demandó obras que implicaron rehacer toda la estructura de hormigón, destruida por el óxido de los hierros. Se fundó correctamente el edificio en cotas inferiores a los cinco metros respecto al nivel de la arena. Se empleó un sistema de posteado en las vigas para alcanzar mayores luces, reduciendo el número de columnas. Además de rehacer todas las estructuras horizontales, utilizando las existentes como encofrado. Con el objetivo de consolidar el patrimonio histórico del lugar, afianzando su identidad y devolviendo un hito de fuerte carga simbólica, los trabajos se realizaron respetando las escalas, la articulación volumétrica, los ritmos de fachadas y la relación de llenos y vacíos. La edificación destila nostalgia y, al mismo tiempo, una modernidad impactante. Puertas adentro, se presenta completamente nuevo, con la utilización de última tecnología y máxima cercanía con el mar, consiguiendo emular el sentido de sentirse como en el mar, una percepción acorde con el origen naviero de la edificación. Se establece una importante relación entre arquitectura y paisaje. Conservando la morfología original, se subraya la presencia de lo nuevo con importantes aventanamientos de aluminio y vidrio. Presenta grandes terrazones, dispuestos en bandejas paralelas y protegidos por cortavientos de vidrio, permitiendo maximizar la relación con el mar. Con la propuesta de recuperar el uso original del edificio, como espacio gastronómico y cultural, la estructura se resuelve en tres plantas, que se comunican mediante un espacio de triple altura, el cual nuclea la circulación vertical. En el nivel de acceso, el nivel medio, se presenta como un hall de gran escala que funciona como galería de arte y, a la vez, como antesala de los cuatro restaurantes, todos con grandes ventanas con vistas al maravilloso entorno marítimo. En la planta alta se ubica un salón, con capacidad para 800 personas sentadas, que puede ser dividido en tres, y presenta un interior en carpintería que da la sensación de estar dentro de un crucero. En tanto el nivel que se encuentra sobre la playa, está pensado para la realización de diversos emprendimientos que se encuentren relacionados con la vida de playa. La Normandina de hoy recupera un emblema, evoca la Belle Époque marplatense y conjuga una arquitectura moderna con la sensación de sentir el océano incorporado en sus espacios. Un hito histórico, un coloso en Playa Grande.


Texto: Leandro Arévalo.
Fotos: Arq. Heber Guruciaga
Fuente: www.lanormandina.com.ar

Información:
La Normandina, Club de Mar
Roca y el mar
Playa Grande. Mar del Plata.
Tel (0223) 486-5033

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